PARTE 2
La puerta cerrada cambió todo.
Hasta ese día, Mariana había querido convencerse de que podía esperar, observar un poco más, buscar una forma segura de hablar con Santiago. Pero cuando vio la llave en la mano de Camila, entendió que ya no se trataba de malos cuidados ni de una nuera cruel. Era una prisión dentro de una mansión.
—Por su seguridad —dijo Camila, guardándose la llave en el bolso—. Últimamente se levanta mucho y puede caerse. Tú no entres a menos que yo te lo ordene.
Mariana asintió, pero sintió que el corazón le golpeaba las costillas.
Durante 2 días, doña Consuelo casi no salió de su cuarto. Las bandejas de comida se quedaban en el pasillo durante horas. Camila decía que la señora no quería comer, pero Mariana veía que ni siquiera le abría la puerta para ofrecérsela. Por la noche, desde la lavandería, escuchaba golpes suaves contra la madera.
Toc. Toc. Toc.
Como si doña Consuelo pidiera ayuda sin atreverse a gritar.
El jueves, Santiago avisó que viajaría a Monterrey por una reunión urgente y que regresaría hasta el domingo. Camila sonrió apenas, pero Mariana alcanzó a ver el brillo de satisfacción en sus ojos.
Esa noche, el maltrato se volvió más descarado.
Mientras Mariana doblaba toallas en el pasillo, escuchó la voz de Camila dentro de la habitación:
—Ya me cansaste, Consuelo. ¿Crees que Santiago va a elegirte a ti? Él me tiene a mí. Tú eres una carga. Una vieja inútil que se aferra a una casa que ya no le pertenece.
Mariana se tapó la boca para no soltar un grito.
Del otro lado solo se escuchó un sollozo débil.
—Llora todo lo que quieras —continuó Camila—. Nadie te oye.
Pero Mariana sí la oyó.
Y por primera vez pensó en grabarla.
Tenía un celular viejo, con la pantalla rota en una esquina, pero la grabadora todavía funcionaba. Esa noche no durmió. Pensó en su renta, en su hijo estudiando en Veracruz, en el dinero que mandaba cada mes a su madre enferma. Si la despedían, todo se venía abajo. Y si Camila descubría que la estaba grabando, podía acusarla de robo, de chantaje, de cualquier cosa.
¿Quién le iba a creer a una empleada?
¿Quién iba a creer que una mujer elegante, esposa de un millonario, estaba matando de hambre a su suegra?
La respuesta llegó al amanecer, cuando Mariana recordó las galletas escondidas entre los cojines.
Sí tenía miedo.
Pero más miedo le daba acostumbrarse a ver morir a alguien en silencio.
Al día siguiente, esperó su oportunidad. Camila solía entrar al cuarto de doña Consuelo después del desayuno para darle las medicinas. Mariana escondió su celular encendido dentro del cesto de ropa limpia y lo dejó junto a la puerta entreabierta.
Pero Camila habló con voz dulce, falsa, medida.
—Aquí están tus vitaminas, Consuelo. Pórtate bien.
Mariana entendió que necesitaba provocarla.
Más tarde, mientras Camila tomaba café en la terraza, Mariana bajó la mirada y dijo:
—Señora, perdón que me meta, pero doña Consuelo preguntó si el señor Santiago iba a venir pronto. Dijo que quería hablar con él.
La taza chocó contra el plato.
—¿Eso dijo?
—Sí, señora. Yo solo pensé que debía saberlo.
El rostro de Camila cambió. La sonrisa se le endureció como vidrio.
—Esa vieja ya no sabe ni lo que dice.
Se levantó de golpe y caminó hacia la escalera.
Mariana sintió que se le aflojaban las piernas. Corrió detrás con una pila de sábanas como excusa. Cuando Camila entró al cuarto, dejó la puerta medio abierta. Mariana puso el celular en el piso, pegado al marco, con la grabadora encendida.
Luego retrocedió.
Lo que escuchó después la dejó sin aire.
—Escúchame bien, vieja manipuladora —dijo Camila, con una voz llena de odio—. Si vuelves a preguntarle algo a Santiago, te juro que te mando a ese asilo y les digo que tienes demencia agresiva. Nadie va a creerte. Nadie. Te van a amarrar a una cama y ahí te vas a pudrir hasta morirte. ¿Entendiste?
Doña Consuelo lloró.
—Por favor… yo solo quiero ver a mi hijo.
—Tu hijo ya no es tuyo. Esta casa tampoco. Todo esto será mío cuando tú desaparezcas.
Mariana sintió que las lágrimas le corrían por la cara.
Lo tenía.
Tenía la prueba.
Pero justo cuando se agachó para recoger el celular, Camila abrió la puerta.
Durante un segundo eterno, las 2 mujeres se miraron.
El celular seguía en el suelo, grabando.
Y Camila bajó la mirada.