Regresé a casa con una sonrisa para sorprender a mis padres, pero al entrar… estaban tendidos en el suelo, inconscientes.-YILUX

La taza de mi madre seguía sobre la mesa auxiliar. La manta favorita de mi padre estaba doblada en el respaldo del sofá.

Todo parecía normal.

Y justo por eso daba tanto miedo.

—Hay comida en la cocina —dije de pronto, sin saber por qué aquella frase me salió tan urgente—. Hay platos sobre la mesa.

La operadora guardó un segundo de silencio.

—No toque nada más, señora. Solo quédese con ellos hasta que llegue la ayuda.

No toque nada más.

Esa frase se me quedó clavada.

Me arrodillé entre mis padres, una mano sobre el pecho de mi madre, la otra buscando el pulso de mi padre.

Quería partirme en dos para sostenerlos a ambos.

Mi madre soltó un sonido bajísimo, casi un gemido, y yo acerqué la cara a la suya.

—Mamá, estoy aquí. Soy Lena. Estoy aquí.

Sus labios se movieron.

No formaron una palabra clara.

Pero juraría que intentó decir mi nombre.

Cuando las sirenas llegaron, la casa entera pareció despertar de golpe.

Luces rojas atravesaron las cortinas. Botas corrieron por el pasillo. Voces firmes llenaron el salón.

Me apartaron con cuidado, aunque yo no quería soltar a mi madre.

Un paramédico me sujetó por los hombros.

—Déjenos trabajar.

Esa frase fue necesaria, pero me sonó cruel.

Los vi ponerles mascarillas. Revisarles los ojos. Preguntar por medicación, enfermedades, alergias.

Yo respondía como una niña recitando datos aprendidos para un examen.

Hipertensión de papá.

Azúcar alta de mamá.

Pastillas en el armario del baño.

Cena quizá preparada por ellos.

No sabía nada más.