El procedimiento es el siguiente:
Llene un recipiente con agua fresca.
Sumerja las flores y las hierbas.
Deje el recipiente al aire libre durante la noche, expuesto al rocío (y, según la tradición, a la luz de la luna).
En la mañana del 24 de junio, el agua se utiliza para un lavado ritual de rostro y manos.
Orígenes de la tradición
Esta costumbre tiene sus raíces en antiguas fiestas paganas asociadas con el solsticio de verano, cuando a las hierbas recolectadas en esa época se les atribuían propiedades simbólicas y beneficiosas. Con la expansión del cristianismo, la tradición se asoció con la fiesta de San Juan Bautista, conservando muchos elementos del rito original.
Supuestas propiedades
La creencia de que el agua de San Juan posee propiedades mágicas, protectoras o terapéuticas forma parte de la tradición popular y el folclore. No existe evidencia científica de que la exposición al rocío o a la luz de la luna confiera propiedades curativas específicas al agua.
Esto no significa que su preparación no pueda ser un gesto rico en significado cultural, una forma de celebrar la relación con la naturaleza y preservar una tradición transmitida de generación en generación.