Mi suegra me quemó con aceite hirviendo porque me negué a salvar a su familia con mi dinero… pero cuando el especialista entró al tribunal, todos descubrieron por qué yo había construido esa unidad de quemados.

PARTE 2: El dolor no entró a mi cuerpo.
Lo devoró.
Mi grito rebotó contra las paredes del comedor como si saliera de otra mujer. Olí mi propia piel antes de entender lo que el aceite estaba haciendo. Caí al piso, sin fuerzas, tratando de arrastrarme lejos de mí misma.
Alguien vomitó.
Alguien rezó.
Doña Teresa no hizo ninguna de las dos cosas.
—Levántala —ordenó, con la cazuela vacía en la mano.
Rodrigo estaba pálido.
—Mamá… ¿qué hiciste?
—Lo que ustedes no tuvieron valor de hacer —contestó ella—. Esta mujer iba a dejarnos en la calle.
En la calle.
Así llamaban a vender una mansión, perder un palco en el estadio, renunciar a vacaciones en San Miguel y aceptar que el fondo de inversión de Rodrigo era un fraude disfrazado de negocio familiar.
—Mariana —dijo Rodrigo, arrodillándose junto a mí—. Firma y pedimos una ambulancia.
Abrí los ojos.
Sus zapatos italianos estaban a centímetros de mi cara. Tenían una gota de aceite brillante en la punta.
—Mi reloj… —susurré.
—¿Qué?
—Grabó todo.
La puerta principal explotó segundos después.
—¡Policía! ¡Manos arriba!
Vi botas, linternas, uniformes. Una oficial se agachó junto a mí.
—Señora, no se mueva. Ya viene la ambulancia.
Quise decir el nombre de Alejandro, pero solo salió un sonido roto.
En la ambulancia, una paramédica me habló sin parar.
—Quédate conmigo. ¿Cómo te llamas?
—Mariana… Salgado Cárdenas.
—¿Sabes qué pasó?
—Mi suegra me quemó.
La mujer apretó la mandíbula.
—Vamos al Hospital Ángeles. Unidad de quemados.
Aun con el dolor, una parte de mí despertó.
—No —dije—. Llévenme al Instituto San Gabriel.
—Está más lejos.
—Ahí está el doctor Ruiz.
—¿Lo conoce?
Cerré los ojos.
—Yo construí esa unidad.