Siempre iba a estar.
Pero ya no era fuego.
Era memoria.
Era amor.
Era una promesa.
Y si alguien me preguntara qué haría si una familia intenta convencer a una madre de que su instinto es locura, respondería sin dudarlo:
Le creería a la madre.
Porque a veces, escucharla a tiempo puede ser la diferencia entre una tumba pequeña y una vida entera por delante.