PARTE 2: Encontré mi celular dentro del cesto de la ropa sucia, envuelto entre toallas húmedas.
Estaba muerto.
Graciela no solo se había llevado mi tarjeta. También había drenado la batería y escondido el cargador en algún lugar de la casa. Mis manos temblaban tanto que el teléfono se me cayó dos veces antes de que aceptara lo evidente: no iba a encender.
Mateo soltó un sonido débil, casi como un quejido sin fuerza.
Corrí hacia la puerta.
Bueno, no corrí. Mi cuerpo no podía. Caminé tambaleándome, con las piernas flojas, los puntos ardiendo y el corazón golpeándome las costillas. Abrí la puerta y grité como nunca había gritado en mi vida.
—¡Ayuda! ¡Por favor! ¡Mi bebé no respira bien!
La señora Lupita, mi vecina de enfrente, salió con una bolsa de mandado en la mano. En cuanto vio a Mateo, se le fue el color de la cara.
—Dios mío —murmuró.
Sacó su celular y marcó.
—Ambulancia. Ahora. Un recién nacido.
En el hospital, todo fue luz blanca, pasos rápidos y voces que se cruzaban. Una enfermera me quitó a Mateo de los brazos. Un médico gritó indicaciones. Alguien me puso una silla porque mis rodillas fallaron.
—¿Desde cuándo está así? —preguntó una doctora.
—Desde la mañana… no, desde antes… no sé… yo quise llamar…
—¿Por qué no llamó antes?