Lucía no lo entendió en ese momento. Ahora, con Emiliano dormido en la cama de urgencias y la bolsa con las pruebas sobre la mesa metálica, esa frase le erizó la piel.
Alejandro cogió el teléfono.
—¿Quién habla?
—Teresa. La cocinera que trabajaba allí antes de que yo llegara.
—¿Por qué te envió un mensaje?
Lucía negó con la cabeza.
—No lo sé, señor. Pero no creo que sea una coincidencia.
Alejandro le pidió una respuesta. Lucía tecleó torpemente:
—Estoy en el hospital con Emiliano. Por favor, dígame qué sabe.
La respuesta llegó casi de inmediato.
—Renuncié porque la señora Regina me dijo que preparara atole y lo dejara en la encimera, pero siempre le añadía algo. Una noche le pregunté si era medicina. Me dijo que si quería conservar mi trabajo, debía aprender a no mirar.
Alejandro sintió que algo dentro de él se rompía con una lentitud insoportable.
No fue solo una noche.
No fue un malentendido.
No fue un ataque aislado de una mujer desesperada por complacer a su hijastro.
Fue un plan.
Y lo peor era que ocurrió bajo su mismo techo, mientras firmaba contratos, contestaba el teléfono y se convencía de que todo estaba en orden porque había personal, seguridad, médicos y dinero.
El dinero puede comprar cámaras, chóferes y puertas blindadas. Pero no sirve de nada cuando el peligro duerme en la habitación de al lado, hablando con voz dulce.
El abogado de Alejandro, Paredes, llegó al hospital antes de las 8:00 a. m. Llevaba la chaqueta arrugada y su rostro reflejaba la tristeza de quien ha visto familias destruidas desde dentro.
Alejandro le mostró el informe preliminar, la botella, la orden de hospitalización psiquiátrica y los mensajes de Teresa.
Paredes no hizo ninguna pregunta.
Tenemos que guardar todo. Los vasos, el biberón, los mensajes, las cámaras de la cocina, los registros de la compra, las llamadas, las recetas, la basura, todo. Y lo más importante: no puede acercarse al bebé.
—No se acercará —dijo Alejandro.
Por primera vez en días, su voz sonó firme.
Al mediodía, el hospital confirmó que el caso se registraría como una presunta intoxicación. Aún no podían determinar la composición exacta del líquido, pero había indicios que sugerían contacto con un irritante o abuso de medicamentos. Emiliano necesitaba observación, hidratación y cuidados continuos.
El médico fue cuidadoso con sus palabras.
Alejandro no necesitaba nada más.
Se sentó junto a la cama durante horas. Miró el rostro pálido de su hijo, las ojeras, los labios agrietados. Le acarició el pelo y recordó todas las veces que Emiliano había intentado hablar.
—Le puso algo en la boca.
—Me duele.
"No miento."
"Papá, por favor."
Cada frase le golpeaba como una piedra.
No era Regina quien más lo hirió en ese momento. Era su propia ceguera.
Porque Emiliano no se había quedado callado. Desde el principio, había dicho la verdad. Fueron los adultos quienes exigieron pruebas, análisis, firmas, horarios y muestras para creerle.
Al mediodía, Alejandro recibió otro mensaje de Regina.
"Ya hablé con mi hermano. Si lo haces público, parecerás un padre inestable que no puede controlar a su hijo. Piensa en tu empresa."
Alejandro miró fijamente la pantalla sin pestañear.
Durante años, había cultivado su nombre como si fuera otro edificio. Lo había pulido en revistas, cenas, bautizos y fiestas. Pero en ese momento, sentado junto a su hijo enfermo, comprendió algo brutal: ningún nombre vale más que un niño que clama por ayuda.
No respondió.
En cambio, llamó a Ramiro.
—¿Dónde está Regina?
—En casa, señor. Está en la sala. Pidió que nadie entrara a su habitación.
—No dejen que saque maletas, papeles ni cajas. Voy para allá.
—¿Y la bebé?
Alejandro miró a Emiliano. Seguía dormido.
—Se queda aquí con Lucía y el personal del hospital. Vuelvo enseguida.
Lucía levantó la vista.
—Señor, si quiere, puedo…
—No tiene que hacer nada más de lo que ya ha hecho.
Bajó la mirada.
—Con todo respeto, señor, esto aún no ha terminado.
Alejandro no protestó. Demasiado tarde, se dio cuenta de que aquella chica veía lo que los demás ignoraban.
La mansión seguía igual que cuando llegaron: impoluta, silenciosa, absurda. El jardín estaba recién regado. La fuente de la entrada seguía funcionando. Las ventanas brillaban con la pulcritud de hogares donde nadie sufre, incluso mientras la vida en su interior se destruye.
Regina estaba sentada con las piernas cruzadas en la sala, vestida de blanco y maquillada, como si fuera a una fiesta en casa de Polanco. Al ver entrar a Alejandro con su abogado, Ramiro, y dos empleados de confianza, sonrió.
«Qué dramático».
Alejandro dejó una copia del informe médico sobre la mesa.
Una copia impresa del mensaje de Teresa, una foto del frasco y una orden sin firmar para una evaluación psiquiátrica.
«Tiene 30 minutos para abandonar esta casa».
Regina rió brevemente.
«¿Perdón?».
«Se le ha revocado el acceso. Sus tarjetas también. Cualquier contacto con Emiliano quedará registrado».
Miró al abogado, luego a Alejandro.
«Vas a arruinar tus mariscos».