Meses atrás, en una lluviosa tarde de otoño, yo había permanecido frente a él en su cocina.
Había llorado.
Había esperado.
Había suplicado una respuesta.
Solo una.
—¿Me amas o no?
Martín había permanecido inmóvil.
Como siempre.
Prisionero de sus miedos.
Prisionero de su incapacidad para comprometerse.
Finalmente dijo algo que jamás olvidaré.
—No sé cómo construir una familia.
Y entonces comprendí que estaba sola.
Me marché bajo la lluvia.
Tres semanas después descubrí que estaba embarazada.
Un regalo misterioso
Aquella misma noche, después de terminar mi turno, llegué agotada a mi apartamento.
Frente a la puerta encontré una elegante caja envuelta con un lazo negro.
No tenía remitente.
Dentro había una manta tejida a mano para bebé.
También encontré varios libros médicos antiguos y difíciles de conseguir.
Y una nota.
«Algunas batallas son demasiado grandes para enfrentarlas sola.»
Pasé días preguntándome quién la había enviado.
La respuesta llegó una semana después.
Las galletas quemadas
Era domingo.
Llamaron a mi puerta.
Al abrir encontré a Martín.
Y junto a él estaba Lucía.
—¡Doctora Valentina! —dijo la niña sonriendo—. Te trajimos galletas.
—Papá quemó las primeras.
No pude evitar reír.
Martín se ruborizó.
—Estoy aprendiendo.
Aquella pequeña escena tenía algo tan sincero que resultaba imposible ignorarla.
Los dejé entrar.
Lucía recorrió el apartamento observándolo todo.
Entonces encontró una ecografía pegada al refrigerador.
—¿Ese es el bebé?
—Sí.
—Parece un frijolito.
—Ya no tanto.
Todos reímos.
Era la primera vez en meses que sentía algo parecido a la paz.