Mi esposo me tiró a la calle en toalla por negarme a vivir con mi suegra, pero el verdadero dueño de su fortuna lo estaba viendo todo…

Camila apenas había salido de bañarse. Llevaba el cabello empapado y su cuerpo temblaba, cubierto únicamente por una toalla blanca que se aferraba a su pecho con manos entumecidas.

No terminaba de procesar lo que estaba pasando. Ella había sacrificado su carrera como arquitecta para apoyarlo. Ella había diseñado esa misma casa. Ella aguantó años de humillaciones de Doña Ofelia, una suegra tóxica que siempre la tachó de “cazafortunas” y “muerta de hambre”.

—Álvaro, por favor… —suplicó Camila con la voz quebrada—. Tu mamá me hace la vida imposible. Me insulta cuando tú no estás. Neta, no es sano para nuestro matrimonio.

Pero a él ya no le importaba. El dinero y el poder que había acumulado en los últimos 5 años con su empresa constructora en Santa Fe lo habían transformado en un monstruo arrogante. Para él, Camila ya no era su esposa; era una empleada más que se había atrevido a rebelarse.

Sin darle tiempo a decir una palabra más, Álvaro la agarró del brazo con una fuerza brutal.

La arrastró por el pasillo, ignorando sus gritos y las miradas aterrorizadas de las dos empleadas de servicio que observaban desde la cocina.

Abrió la pesada puerta de roble de la entrada y, con un empujón cargado de rabia, la lanzó hacia afuera. Camila tropezó, cayendo de rodillas sobre el concreto húmedo de la banqueta.

—¡A ver si aprendes cuál es tu lugar! —escupió Álvaro, antes de cerrar la puerta de un portazo que hizo temblar los cristales.

El frío de la Ciudad de México en noviembre era implacable. La lluvia comenzó a caer de golpe, una tormenta furiosa que empapó a Camila en segundos.

Estaba en la calle. Sola. Descalza. En toalla. Sin teléfono, sin dinero y sin dignidad. Las lágrimas se mezclaban con la lluvia mientras abrazaba sus propias rodillas, sintiendo que el alma se le partía en mil pedazos. El dolor de la traición era mil veces más fuerte que el de la bofetada.

De pronto, las luces altas de una camioneta negra blindada cortaron la oscuridad de la calle, iluminando su figura temblorosa.

El vehículo frenó en seco a escasos metros de ella. La puerta del conductor se abrió de golpe.

Un hombre alto, con un traje a la medida, bajó rápidamente y corrió hacia ella bajo la lluvia. Era Diego. Su hermano mayor.

El mismo hermano al que Álvaro odiaba y del que la había alejado poco a poco con excusas baratas.

Diego se quitó el saco al instante y cubrió los hombros helados de Camila. Al levantarle el rostro para ver si estaba bien, la luz de la calle iluminó la marca roja y perfecta de los dedos de Álvaro en la mejilla de su hermana.

La expresión de Diego no fue de sorpresa. Fue de una furia gélida, calculadora y letal. Levantó la mirada hacia el gran ventanal de la casa, donde la silueta de Álvaro celebraba su triunfo con una copa en la mano, riéndose junto a su madre.

Diego apretó la mandíbula hasta que le dolieron los dientes. Lo que Álvaro no sabía en ese momento de soberbia absoluta, era que acababa de firmar su propia sentencia de destrucción. Y nadie podía prepararlo para el infierno que estaba a punto de desatarse.

PARTE 2