Alzó la mirada, aturdida. Frente a ella estaba Álvaro, el hombre con el que había compartido los últimos 10 años de su vida. Sus ojos, inyectados en sangre, la miraban con un desprecio absoluto, como si ella fuera la peor basura que había pisado su casa.
—¡Una arrimada, una mantenida como tú no va a venir a darme órdenes en mi propia casa! —gritó Álvaro, con la vena del cuello a punto de reventar—. ¡Mi madre se viene a vivir con nosotros mañana mismo y si no te parece, lárgate!