PARTE 1
“Esa mujer ingenua me repugna, pero su patrimonio vale más que este matrimonio.”
En el instante en que oí a mi marido decir esas palabras, sentí como si el suelo bajo mis pies desapareciera.
Me llamo Hannah Dawson. Tenía treinta y seis años y, durante casi once, creí que Keith era el hombre con el que envejecería.
Vivíamos en una hermosa casa antigua a las afueras de Maple Ridge, con gruesos muros de piedra, un patio lleno de glicinias y el aroma a café que inundaba las habitaciones cada mañana. Para mí, no era solo una casa. Era el último regalo que mis padres me habían dejado.
Mi padre me lo había advertido muchas veces.
“Hannah, esta tierra es tuya. Nunca dejes que nadie te haga sentir culpable por protegerla.”
Nunca había entendido por qué lo decía tan a menudo.
Hasta aquella tarde.
Keith siempre decía que amaba la casa. Hablaba de ampliar la cocina, convertir el solárium en una oficina y construir nuestro futuro allí. Pensé que estaba soñando conmigo.
No me di cuenta de que estaba planeando todo en mi contra.
A su madre, Eleanor, nunca le había caído bien. Delante de Keith, me llamaba "cariño" y me traía pasteles los domingos. Pero cuando él se alejaba, su dulzura desaparecía.
"Una mujer como tú debería cuidarse más", solía decir.
"Los hombres se fijan en otras cosas por algo".
Guardé silencio porque amaba a mi esposo y no quería obligarlo a elegir entre nosotras.
Ese fue mi error.
Una tarde, llegué temprano a casa del trabajo por un dolor de cabeza. Dejé mi bolso en silencio y me dirigí a la cocina a buscar agua.
Entonces oí la voz de Keith.