—¿Y ahora?
Más allá del círculo, el manzano mecía sus ramas. En la cocina, un reloj hacía tictac. Antek suspiró dormido.
—Ahora sé que el verdadero amor no pregunta si ha desaparecido por la mujer de otro.
Entonces, por primera vez en muchos años, sentí que mi cuerpo... Realmente me pertenecía.
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