PARTE 2: A la mañana siguiente le preparé café a Alejandro como si nada.
Él me miraba de reojo, tal vez buscando señales de tormenta. Pero yo ya no estaba enojada. Estaba fría. Hay un tipo de calma que no nace de la paz, sino del golpe. Cuando una mujer entiende que la mentira ya no se discute, se investiga.
En cuanto se fue, llamé a mi prima Patricia. Ella es contadora, divorciada dos veces y con una capacidad aterradora para detectar basura humana sin levantar la voz.
—Pati, necesito revisar movimientos bancarios —le dije.
—¿De Alejandro?
—Sí.
No preguntó más. Llegó a mi departamento en Narvarte con una laptop, café americano y esa mirada de “ya sabía que algo olía mal”.
Revisamos la cuenta común. Nada raro. Luego revisamos estados de cuenta que Alejandro guardaba en una carpeta vieja del escritorio. Ahí empezó todo.
Durante catorce meses había transferencias mensuales a una cuenta que yo no reconocía. Siempre el mismo día. Siempre el mismo monto. Y cuatro meses antes de la muerte de Diego, el monto se duplicó.
Patricia tecleó, cruzó datos, buscó información pública.