Me quedé mirando la pantalla.
—Tal vez le prestaba dinero —dije, sin creerme ni yo misma.
Patricia me miró con lástima.
—Mariana, nadie presta dinero todos los meses a escondidas con tanta puntualidad. Esto parece manutención, silencio o culpa.
Entonces recordé el mensaje.
“Lo del bebé.”
Sentí que el piso se movía.
Ese mismo día fui a casa de Fernanda. Esta vez no llevé pastel. Llevé el celular cargado, una grabadora encendida en la bolsa y a Patricia esperándome en el coche.
Fernanda abrió casi de inmediato. Ya no fingió sorpresa.
—Sabía que ibas a venir —dijo.
La sala olía a café recién hecho. Había fotos de Diego en una repisa. En una, él sonreía junto a Alejandro en Tequila, Jalisco, con sombreros de charro y vasos en la mano. Los dos parecían hermanos. Eso me dio más rabia.
—¿Cuánto tiempo? —pregunté.
Fernanda bajó la mirada.
—No empezó ahora.
—¿Cuánto tiempo, Fernanda?
—Desde antes de que Diego muriera.
—Eso ya lo sé.
Respiró hondo.
—Alejandro y yo fuimos novios antes de conocerlos a ustedes.
Me quedé quieta.
—¿Qué?
—Terminamos mal, pero nunca dejamos de hablarnos. Cuando Diego y yo nos casamos, juré que ya no sentía nada. Alejandro también. Pero hace unos años nos volvimos a acercar.
Sentí una mezcla de asco y tristeza.
—¿Diego lo sabía?
Fernanda empezó a llorar, pero sus lágrimas ya no me conmovieron.
—Lo descubrió hace un año.
—¿Y la carta?
Al escuchar eso, se puso blanca.
—¿Qué carta?
—No juegues conmigo.
Fue al cuarto y volvió con un sobre amarillo. En el frente, con letra firme, decía:
“Para Mariana. Solo para Mariana.”
Mis dedos temblaron al abrirlo.
La carta no era larga, pero cada línea pesaba como una sentencia. Diego decía que había descubierto la relación de Fernanda y Alejandro por correos, por transferencias, por facturas escondidas. También decía que Alejandro y Fernanda tenían una pequeña empresa fantasma que recibía contratos de la compañía donde Alejandro trabajaba.
Al final venía una contraseña para una carpeta en la nube.
Pero antes de que pudiera terminar de leer, Fernanda dijo algo que me dejó sin aire:
—Estoy embarazada, Mariana. Y Alejandro me prometió que te iba a dejar.
En ese instante entendí que la mentira no solo había destruido mi matrimonio.
También había acompañado a Diego hasta la tumba.