“¿Quién?”
Armando dudó antes de responder.
“Roberto Valdez.”
Por un momento, el ruido de la calle desapareció.
Lucía leyó una y otra vez. Transferencias pequeñas al principio: 8 mil, 12 mil, 15 mil pesos. Luego más grandes. Conceptos falsos. “Asesoría operativa”. “Supervisión”. “Apoyo logístico”.
Roberto no solo sabía que Lucía sostenía a Esteban. También recibía dinero del negocio de Esteban a escondidas.
Esa noche, Lucía no dijo nada. Preparó la cena, escuchó a Camila contarle de la escuela y observó a Roberto como si fuera un desconocido sentado en su mesa.
Después de dormir a su hija, fue al estudio. Abrió la computadora familiar. No buscaba invadir privacidad, buscaba confirmar lo que su corazón ya sabía.
Encontró correos.
Roberto le había escrito a Esteban meses atrás:
“Mientras Lucía no se meta directo, sigue aprovechando el precio. Ella nunca revisa detalles si yo le digo que todo está bien.”
Otro correo decía:
“Ya sabes cómo es, se siente empresaria, pero yo la manejo.”
Lucía leyó esa frase 3 veces.
Yo la manejo.
Sintió ganas de llorar, pero no lloró. La tristeza se convirtió en algo más duro, más limpio.
Al día siguiente, citó a Esteban en su oficina sin decirle que era su oficina. Él llegó con lentes oscuros, confiado, pensando que hablaría con “algún representante” de Maíz Claro. Traía a Roberto con él.
Cuando la secretaria abrió la puerta y dijo “la licenciada Lucía Méndez los espera”, Esteban se quedó parado.
Roberto palideció.
Lucía estaba detrás del escritorio principal, con saco blanco, cabello recogido y la carpeta gris frente a ella.