“Yo también era tu familia.”
Esa frase lo dejó callado, pero solo un instante.
“Esteban no sabía lo de Maíz Claro. No era justo amenazarlo así.”
Lucía soltó una risa breve, triste.
“¿No era justo? ¿Y sí era justo que yo le salvara el negocio mientras él me trataba como si yo no valiera nada?”
Roberto bajó la voz.
“Si le cierras el crédito, se queda en la calle.”
“Si no sabe manejar su empresa, ese no es mi problema.”
Él dio un paso hacia ella.
“Lucía, no seas vengativa.”
Ahí, por primera vez, ella sintió miedo. No miedo físico, sino ese miedo frío de darse cuenta de que su esposo no estaba preocupado por su dolor, sino por el bolsillo de otro hombre.
A la mañana siguiente, Lucía llegó a las oficinas de Maíz Claro antes de las 7. Su contador, Armando, ya la esperaba con una carpeta gris.
“Me pediste el estado real de El Comal Norteño”, dijo él. “No te va a gustar.”
Lucía abrió los documentos.
La deuda no era de 680 mil. Era de 1 millón 120 mil pesos.
Además, había algo peor. Esteban llevaba meses revendiendo parte de la masa subsidiada a otros restaurantes, a precio completo, usando las facturas preferenciales de Maíz Claro. Es decir, no solo se beneficiaba del apoyo secreto de Lucía: también estaba lucrando con él.
“Hay transferencias raras”, agregó Armando. “Una cuenta recibe dinero cada viernes. Está a nombre de alguien cercano a tu familia política.”
Lucía sintió un golpe en el estómago.