Pero no cesaban. Era un bombardeo constante de preguntas: "¿Qué hay de fulano?" y "¿Has oído hablar de ese joven tan simpático?".
Una noche, las cosas empeoraron.
Estábamos cenando como de costumbre los domingos cuando mis padres me dieron la noticia impactante.
"Miley", dijo papá con seriedad. "Tu mamá y yo hemos estado pensando mucho en esto".
"Ay, Dios mío, allá vamos", murmuré.
"Hemos decidido", continuó, ignorando mi sarcasmo, "que si no te casas antes de los 35, no verás ni un centavo de nuestra herencia".
"¿Qué?", exclamé. "¡No pueden estar hablando en serio!".
"Sí, hablamos en serio", interrumpió mamá. "No nos estamos volviendo más jóvenes, cariño. Queremos que seas feliz y estés contenta. Y queremos nietos mientras aún seamos lo suficientemente jóvenes para disfrutarlos".
"Esto es una locura", exclamé. “¡No puedes chantajearme para que me case!”
“No es chantaje”, insistió mi padre. “Es, bueno, un incentivo”.
Esa noche, salí corriendo de su casa, incapaz de creer lo que había pasado. Me habían dado un ultimátum: o encontraba marido en unos meses o renunciaba a mi herencia.
Estaba furiosa, pero no por dinero. Era más bien una cuestión de principios. ¿Cómo se atrevían a controlar mi vida así?
Durante semanas, no contesté sus llamadas ni los visité. Entonces, una tarde, tuve una idea brillante.
Volvía a casa del trabajo, pensando en hojas de cálculo y plazos de entrega, cuando lo vi. Un hombre, probablemente de unos treinta años, estaba sentado en la acera con un cartel de cartón, pidiendo limosna.
Tenía un aspecto desaliñado, barba descuidada y ropa sucia, pero había algo en sus ojos. Una mezcla de bondad y tristeza que me hizo detenerme.
Entonces se me ocurrió una idea. Era una locura, pero parecía la solución perfecta a todos mis problemas.
—Disculpe —le dije al hombre—. Esto puede sonar raro, pero, eh, ¿le gustaría casarse conmigo?
Los ojos del hombre se abrieron de par en par, sorprendido. —¿Perdón? ¿Qué?
—Mire, sé que esto es extraño, pero escúcheme —dije, respirando hondo—. Necesito casarme cuanto antes. Sería un matrimonio de conveniencia. Yo le daría un lugar donde vivir, ropa limpia, comida y algo de dinero. A cambio, usted tendría que fingir ser mi marido. ¿Qué le parece?
Me miró fijamente durante lo que pareció una eternidad. Estaba segura de que pensaba que estaba bromeando.
—Señora, ¿habla en serio? —preguntó.
—Por supuesto —le aseguré—. Por cierto, me llamo Miley.
—Stan —respondió, aún confundido. —¿En serio me propones casarme con un indigente que acabas de conocer?
Asentí.
—Sé que suena descabellado, pero te prometo que no soy una asesina en serie ni nada por el estilo. Solo soy una mujer desesperada con padres entrometidos.
—Bueno, Miley, tengo que admitir que esto es lo más raro que me ha pasado.
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