PARTE 1
Con seis meses de embarazo, Valeria ya no quería levantarse de la cama.
Vivía con su esposo, Andrés Molina, en un pequeño apartamento en el barrio Doctores de la Ciudad de México. No tenían lujos, pero sí una gran esperanza: la llegada de su primera hija, a quien ya llamaban Camila, aunque aún no había nacido.
Andrés trabajaba como mecánico en un taller cerca de Calzada de Tlalpan. Salía temprano y regresaba oliendo a aceite y cansancio, pero siempre le traía algo a Valeria: mangos, pan dulce, yogur, flores del mercado o unos tacos "solo para que se le antojara algo".
Él creía que la estaba cuidando bien.
Pero en la última semana, Valeria ha cambiado.
Dejó de pasearse por el apartamento. No se levantó para comer. Apenas fue al baño. Ella estaba tumbada de lado, cubierta con una manta gruesa desde la cintura hasta los pies, a pesar del calor.
Cuando Andrés le preguntó qué le pasaba, ella sonrió, con los labios resecos.
"Nada, cariño... Es el embarazo. Estoy harta de esto."
Al principio, Andrés le creyó.
Hasta que su madre, Doña Rebeca, empezó a meterle ideas en la cabeza.
«Ninguna mujer embarazada se pone así solo por orinar», le dijo una tarde, mientras observaba a Valeria encerrada en su habitación. «Esa chica te está ocultando algo».
Andrés se enfadó.
"Mamá, no empieces."
"Yo también estaba embarazada, Andrés. Y no me quedé en la cama como una reina. O está exagerando... o algo pasó."
Esa frase se le quedó grabada.
Esa noche, Andrés llegó temprano a casa del taller. Entró en silencio y encontró a Valeria igual: inmóvil, sudando, con los ojos cerrados y la manta fuertemente apretada entre las manos.
Sobre la mesita, el caldo de pollo que le había dejado esa mañana seguía intacto.
—Valeria —dijo lentamente—. ¿Por qué no comiste?
Abrió los ojos, sobresaltada.
"No tenía hambre."
Andrés miró la manta.
"¿Por qué no me dejas ayudarte a levantarte?"
Valeria palideció.
"No, Andrés. Por favor."
—¿Por favor qué?
Comenzó a llorar en silencio.
Andrés sintió una horrible mezcla de miedo, ira y culpa. Recordé las palabras de mi madre. Recordé los susurros, las miradas fugaces, las veces que Valeria escondió su cuerpo como si bajo esa pantalla estuviera el fin del mundo.
—¿Me estás ocultando algo? —preguntó con voz quebrada.
Valeria negó, pero sus dedos se apretaron más que su deseo.
—No te levantes… te lo ruego.
Andrés tragó saliva.
—Perdóname, Vale. Pero no puedo seguir así.
Entonces levantó la manta.
Y lo que vi me dejó sin aliento.
PARTE 2
Las piernas de Valeria estaban terriblemente hinchadas.
Los tobillos parecían listos para una transformación radical. En la piel presentaban manchas oscuras, rojeces, zonas calientes e inflamadas. Una pierna estaba tan rígida que Valeria no podía moverla sin gemir.
Andrés retrocedió como si hubiera sido golpeado.
—¡Valeria! ¿Qué es esto? ¿Cuánto tiempo llevas ahí?