Otros, que tenía demasiadas sombras.
Y muchos, bajito, lo llamaban el hombre más temido de México.
Renata apartó la mano.
—¿Tú eres ese Beltrán?
—Depende de qué versión te contaron.
—Que medio país te tiene miedo.
—Medio país le tiene miedo al SAT. Eso no significa que sea interesante.
Ella no se rió.
—¿Y lo de los negocios sucios?
Damián guardó silencio.
No fingió indignación.
No actuó inocente.
—Heredé empresas llenas de basura. Limpiarlas me dejó enemigos. Algunos prefieren llamarme monstruo antes que aceptar que el monstruo estaba sentado en sus juntas directivas.
Renata no supo si creerle.
Pero tampoco sintió que le estuviera vendiendo una historia bonita.
Él señaló la salida.
—Puedo pedirte un chofer. O acompañarte hasta tu coche. Tú decides.
Tú decides.
Renata casi se quebró al escuchar eso.
—Acompáñame. Pero sin cosas raras.
Damián arqueó una ceja.
—¿Más raro que pedirle a un desconocido que te abrace en una gala?
—Era una emergencia emocional, no te emociones.
Él sonrió apenas.
Y esa sonrisa, tan breve, le quitó un poco de miedo.
Renata pensó que nunca volvería a verlo.
Los hombres como Damián aparecían una noche, cambiaban el aire y luego desaparecían como si nada.
Pero él volvió.
Primero con un mensaje preguntando si había llegado bien.
Luego con café de olla cuando supo que ella entraba temprano a trabajar en una asociación para mujeres en Iztapalapa.
Después con medicinas para su mamá, doña Teresa, cuando Renata mencionó que la habían internado por la presión.
Nunca presumió.
Nunca dijo “yo te voy a salvar”.
Nunca habló de su dinero como si fuera una corona.