Le pidió a un desconocido que fingiera amarla para callar a su ex… y terminó abrazando al hombre que todo México temía

Mauricio se humedeció los labios.

—No, señor. Solo estaba saludando a una vieja amiga.

Renata sintió asco.

Vieja amiga.

Así resumía 4 años de control, insultos disfrazados de consejos y noches enteras llorando frente al espejo.

Damián la miró.

—¿Quieres hablar con él?

Renata sintió que esa pregunta le golpeaba directo en el pecho.

Mauricio nunca preguntaba.

Mauricio decidía.

Qué comía.

Qué usaba.

Con quién hablaba.

Cuándo se callaba.

Por eso Renata respiró hondo.

Y aunque la voz le tembló, no agachó la cabeza.

—No.

Damián volvió hacia Mauricio.

—Entonces ya terminaste.

Mauricio apretó la mandíbula.

Quiso recuperar algo de autoridad, algo de macho herido, algo de ese veneno que siempre lanzaba cuando Renata estaba sola.

Pero no pudo.

Porque todos estaban mirando.

Y porque nadie quería meterse con Damián Beltrán.

Bárbara guardó el celular lentamente.

Mauricio se alejó con la cara endurecida, derrotado sin que nadie lo tocara.

Renata soltó el aire.

—¿Quién eres?

Damián la soltó con cuidado, como si no quisiera asustarla.

—Un hombre que detesta a los cobardes elegantes.

Ella miró alrededor.

Dos empresarios murmuraban cerca de una columna.

—Es Beltrán.

—No manches, güey. Ese señor no negocia. Ese señor desaparece problemas.

Renata sintió que el estómago se le hundía.

Había escuchado ese apellido.

Damián Beltrán.

Dueño de constructoras, hoteles, aduanas, seguridad privada y media docena de fundaciones que nadie entendía del todo.

Un empresario sin entrevistas.

Un hombre que salía en fotos con gobernadores, militares y banqueros, pero siempre en segundo plano, como si no necesitara aparecer para mandar.

Unos decían que era un visionario.

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