Le pidió a un desconocido que fingiera amarla para callar a su ex… y terminó abrazando al hombre que todo México temía

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Solo aparecía.

Firme.

Callado.

Presente.

Y eso confundía a Renata más que cualquier declaración romántica.

Mauricio también volvió.

No físicamente al principio.

Volvió en mensajes.

“Te ves rara.”

“Ese tipo solo te usa para limpiar su imagen.”

“No te ilusiones, Renata. Un hombre así jamás se enamora de una mujer como tú.”

Cada frase le abría una herida vieja.

Renata bloqueaba un número y Mauricio aparecía con otro.

Hasta que una noche, afuera de la asociación, Damián la encontró llorando dentro de su coche.

Ella escondió el celular.

Él no se lo arrebató.

Solo preguntó:

—¿Mauricio?

Renata asintió.

—No quiero que hagas nada. No quiero pleitos. No quiero que parezca que necesito que me defiendan.

Damián se inclinó un poco hacia ella.

—No necesitas que te defiendan. Necesitas recordar que ya no le perteneces.

Renata se tapó la cara.

—Lo sé. Pero mi cabeza todavía lo escucha. Es una estupidez.

—No es estupidez. Es una cárcel. Y él todavía tiene una copia de la llave porque tú crees que cerrar la puerta sería ser mala.

Ella lloró con rabia.

Con vergüenza.

Con años acumulados en el pecho.

Damián no le dijo “ya supéralo”.

No le dijo que exageraba.

Solo se quedó ahí, junto a ella, hasta que dejó de temblar.

1 año después, la vida le puso otra prueba.

Su padre, don Armando Villalobos, sufrió un infarto mientras atendía su pequeño taller de hojalatería en la colonia Portales.

La cirugía era urgente.

Y carísima.

Renata llegó al hospital con el cabello desordenado, la blusa arrugada y el alma hecha pedazos.