“Se acabó. Empaca tus maletas y vete.”
Al principio pensó que era una broma cruel. Luego vio los rostros de sus hijos. Preocupados. Perdidos. En ese instante, se dio cuenta de que no era un juego. No sabía qué hacer.
“¿Adónde… adónde crees que deberíamos ir?”
Susurró, con una voz como el susurro de las hojas. Él simplemente se encogió de hombros.
“Ya no es mi problema.”
Sin gritos. Sin explicaciones. Solo fría indiferencia. Le dolió más que la traición misma. Preparó algo en silencio, con las manos temblorosas. Los niños no lo entendieron del todo, pero presentían que algo grave estaba sucediendo. Cuando salió de la casa, nadie la detuvo. Excepto… esa mujer.
Capítulo II: El encuentro con el destino
Su amante los siguió afuera. Bajo la lluvia. Pensó que quería hurgar más en la herida. Una sentencia cruel. Una mirada victoriosa. Pero no.
La mujer se acercó lentamente. Sacó un sobre de su bolso.
—Tómalo.
Dudó un momento.
—No lo quiero.
Lo único que le quedaba era dignidad, pero la mujer insistió, deslizándole el sobre en las manos.
—Hazlo por ellos —dijo, mirando a los niños.