Mateo se quedó quieto un momento y me miró.
—Mamá… me gusta más esta casa.
—¿Sí? Pero la otra era más grande.
Se encogió de hombros.
—Sí. Pero aquí puedo ser ruidoso.
Tuve que voltear la cara para que no me viera llorar.
Eso era lo que llevaba meses intentando decirme. No con palabras, sino con su cuerpo entero. Con cada tensión en los hombros. Con cada silencio raro. Con cada alivio cuando Adrián no estaba.
Dos meses después me llegó un correo de una cuenta desconocida. Era Adrián.
Maya no; should be Valeria. Let’s craft.
Valeria, por favor. Mi mamá me sacó de su casa. Perdí el trabajo. Los del casino me están buscando. Estoy durmiendo en mi coche. Yo sí te quise, a mi manera. Me debes una conversación.
Leí ese mensaje sin rabia, sin tristeza, sin temblor.
“A mi manera.”
Qué frase tan miserable.
La gente que ama no te estudia como una caja fuerte. La gente que ama no le pone precio a tus hijos. La gente que ama no usa la palabra familia para disfrazar una estafa.
Borré el correo para siempre.
Ese clic duró menos de un segundo.
Y fue uno de los segundos más limpios de mi vida.
Seis meses después, estábamos los tres sentados en el piso de la sala comiendo pizza directo de la caja porque todavía no comprábamos comedor. Los muebles no combinaban. Las paredes seguían a medio arreglar. Afuera olía a sal y lluvia. Por la ventana se escuchaba el mar, lejano y constante, como si me recordara que la vida sigue aunque una mujer tenga que incendiar su futuro planeado para salvar el verdadero.