El agente abrió el gabinete y sacó una bolsa negra. Dentro, entre servilletas manchadas y platos desechables, encontró un sobre roto del banco. Usó guantes para tomar los pedazos.
El nombre de Sofía aparecía en la parte superior.
Pero la firma no era suya.
Teresa soltó un sonido ahogado.
Durante 6 meses, Sofía había notado cosas pequeñas. Una tarjeta que nunca solicitó. Estados de cuenta que desaparecían del buzón. Llamadas de cobranza que Alejandro decía que eran “errores del banco”. Una carpeta en la computadora de Teresa con copias de identificaciones.
La primera cachetada llegó cuando Alejandro descubrió que la herencia de la madre de Sofía estaba protegida en un fideicomiso. La segunda, cuando ella se negó a poner la casa como garantía para un negocio que él nunca explicó.
Después vino el miedo.
Luego la estrategia.
Sofía empezó a fotografiar moretones. Guardó audios. Copió mensajes. Pidió a una doctora que documentara sus lesiones. Le contó a una vecina que revisara su cámara de seguridad, donde quedó grabado Alejandro jalándola del brazo hacia la casa una noche de viernes.
Todo lo escondió en una carpeta llamada “Recetas de cocina”.
Y una copia se la mandó a su padre.
Lo único que faltaba era que Alejandro confesara delante de testigos.
Por eso Sofía no canceló la fiesta.
Alejandro amaba humillarla con público. Ella sabía que tarde o temprano iba a presumir su crueldad como si fuera poder.
—Esto es una trampa —escupió Teresa, todavía en el piso—. Ella nos puso una trampa.
La licenciada de la unidad la miró con frialdad.
—No, señora. Ustedes la maltrataron. Ella solo sobrevivió con cuidado.
Alejandro se recompuso, como siempre hacía cuando estaba acorralado.
—Sofía está mal de la cabeza —dijo, mirando a sus amigos—. Pregúntenle a cualquiera. Se inventa cosas, se cae, llora por todo. Mi mamá solo intentaba ayudarla con sus cuentas.
Don Esteban tomó su reloj de la mesa y presionó un botón lateral.
Una luz roja parpadeó.
Alejandro se quedó rígido.
—Tu confesión quedó grabada —dijo don Esteban—. También quedó grabado cuando dijiste que mi hija se queda donde tú ordenas. Y tu madre intentando destruir documentos bancarios.
El silencio se volvió pesado.
Los invitados empezaron a retroceder. Nadie quería aparecer defendiendo a Alejandro. Nadie quería ser el amigo que rió cuando un hombre confesó haber golpeado a su esposa.
Teresa se levantó como pudo, despeinada, con el maquillaje corrido.
—Usted no puede hacernos esto —susurró.
Don Esteban la miró sin pestañear.
—Yo no se los estoy haciendo. Sofía decidió dejar de protegerlos.
Alejandro miró hacia el patio.
Sus ojos ya no tenían burla.
Tenían miedo.
Entonces, desde la entrada principal, se escuchó el golpe seco de varias puertas de patrulla cerrándose al mismo tiempo.
Y Sofía supo que lo peor para ellos apenas estaba empezando.