PARTE 1
"Firma esto, Valeria. Hay algo en tu cuerpo que no debería estar ahí."
La Dra. Camila Ríos apagó el ecógrafo antes de terminar de hablar, como si la pantalla misma hubiera visto demasiado.
Yo estaba recostada en la camilla, con ocho meses de embarazo, las manos apretadas contra mi vientre, mi celular vibrando constantemente en mi bolso. Afuera, en la recepción de la clínica, mi esposo, Adrián, golpeaba la puerta de cristal.
"Valeria, abre la puerta. Estás desorientada. El doctor no conoce tu historial médico."
Su voz era tranquila, profesional, casi preocupada. Era la voz que usaba cuando quería que todos pensaran que yo era la inestable.
Adrián no era solo mi esposo. También era médico. Obstetra. Uno respetado en Guadalajara. De esos hombres a quienes las enfermeras saludaban por su apellido, de esos que las madres recomendaban en grupos de WhatsApp, de esos que mi familia admiraba cuando me casé con él.
«Te sacaste la lotería, cariño», me decía mi madre.
Durante los primeros meses, yo también le creí.
Luego empezó a decir «seguridad» cada vez que me quitaba algo.
Me quitó las llaves del coche porque pensaba que una mujer embarazada no debería conducir por la calle López Mateos mareada.
Me quitó la tarjeta de crédito porque creía que las compras impulsivas eran señal de ansiedad prenatal.
Dejó de visitar a mis padres porque pensaba que mi madre me molestaba.
Dejó de ir a otros médicos porque creía que nadie cuidaría mejor de su hijo que él.
Y lo acepté.
Porque lo amaba.
Porque estaba embarazada.
Porque cada vez que dudaba, me ponía la mano en la espalda y me decía:
«Solo quiero protegerte».
Esa mañana, fui a escondidas al Dr. Ríos. No le dije nada a Adrián. Pedí un Uber con una cuenta nueva y desactivé la ubicación del teléfono. Me temblaban las manos como si estuviera cometiendo un crimen.
La doctora me escuchó durante veinte minutos seguidos. Le conté sobre el mareo, el cansancio intenso, la amnesia, las mañanas en que me despertaba sin recordar si había desayunado. Le conté que mi suegra, Doña Teresa, me traía té todos los días en una taza de plata.
"Para fortalecer al bebé", decía.
La taza tenía un sabor metálico y amargo, pero Adrián insistió en que era normal.
"Son hierbas prenatales. Mi mamá sabe de estas cosas".
La doctora Ríos ordenó una ecografía "solo para tranquilizarnos". Pero mientras movía el transductor sobre mi vientre, su sonrisa desapareció. Se acercó a la pantalla. Cambió el ángulo. Volvió a revisar.
Luego apagó el monitor.
"Voy a ordenar un examen urgente y un informe toxicológico. También necesito su consentimiento para poder documentar todo".
"¿Todo, eh?"
Bajó la voz.
"Hay un dispositivo cerca de tu cuello uterino. No aparece en tu historial clínico. Por su posición, no parece algo que te hayas implantado tú misma."
Sentí que me faltaba el aire.
Seis semanas antes, Adrián me había hecho una ecografía rápida en nuestra habitación. Cerró la puerta con llave, le pidió a mi madre que mantuviera a todos abajo y dijo que era para evitarme una visita innecesaria al hospital.
Recordé la frialdad del instrumento.
Un dolor fugaz.
Presión.
Mi pregunta:
"¿Qué me hiciste?"
Y su respuesta, con un beso en la frente:
"Proteger el embarazo."
En ese momento, fuera de la clínica, Adrián volvió a golpear la ventana.
La enfermera miró la cámara de vigilancia.
Doña Teresa estaba a su lado, aferrada a una taza de plata. La misma taza. De la que insistía en que bebiera por la mañana antes de irme. —No quiero que entre —dije.
El Dr. Ríos pulsó el intercomunicador.
—La Sra. Valeria ha retirado su consentimiento para recibir atención médica. Por favor, aléjese de la entrada.
Adrián sonrió sin alegría.
—Soy su esposo y su médico.
—No pueden estar aquí al mismo tiempo —respondió el médico.
Entonces mi celular vibró.
Un mensaje de Adrián:
Dígales que está teniendo ataques de pánico.
Inmediatamente llegó otro mensaje:
Si se tambalea, la trasladarán y tendré que autorizarlo todo.
Miré al médico.