Dentro de la bolsa llevaba pañaleros de recién nacido, una cobijita bordada con estrellas y un osito de peluche que había comprado en Angelópolis porque su hermana menor, Mariana, de niña no dormía si no tenía un oso entre los brazos.
Esa mañana, Valeria Torres todavía creía en su familia.
Creía que Diego Salazar, su esposo, trabajaba hasta tarde porque la constructora donde era gerente financiero lo exprimía con cierres, auditorías y juntas eternas.
Creía que su madre, Lourdes, estaba seca y distante porque la viudez emocional de un matrimonio lleno de ausencias la había vuelto dura.
Creía que Mariana había ocultado el nombre del padre de su bebé por vergüenza, miedo o simple terquedad.
Y, sobre todo, creía que su matrimonio estaba cansado, pero no muerto.
Diego había salido de casa a las 8:20 de la mañana, impecable en traje gris, oliendo a loción cara y café recién tomado. La besó en la frente mientras ella acomodaba el regalo.
—Me habría encantado ir contigo, amor, pero me cambiaron la junta con los socios.