PARTE 2: La gente cree que cuando una mujer descubre una traición, grita, rompe platos o se encierra a llorar.
Yo hice algo peor para Ricardo.
Me quedé callada y empecé a ordenar pruebas.
Después de colgarle aquel lunes, manejé hasta Coyoacán para ver a mi mamá. Ella vivía en una casa pequeña, con bugambilias en la entrada y una Virgen de Guadalupe en la sala. Cuando me abrió la puerta, bastó con verme para saber que algo se había roto.
“¿Te hizo algo?”, preguntó.
“Me hizo creer que era mi vida.”
Le conté todo.
No lloré hasta que dije el nombre de la otra mujer: Mariana Robles.
Mi mamá me tomó las manos.
“Mija, un hombre así no teme perderte. Teme que dejes de cubrirle la vergüenza.”
Esa frase me acompañó cuando llamé a la abogada.
Se llamaba Cecilia Márquez y tenía fama de destruir divorcios caros en la Ciudad de México con la paciencia de una cirujana. Su oficina olía a café, papel nuevo y problemas de ricos.
Revisó los documentos sin pestañear.
“¿Firmaste capitulaciones matrimoniales?”