Unas semanas después, llegó a Houston con flores y una disculpa.
Me rogó que le diera otra oportunidad.
Le pedí que me dijera exactamente de qué se arrepentía.
Lo confesó todo: que no había firmado por mí, que me había dejado sola, que había elegido a Mariana, que siempre había esperado que yo lo entendiera.
Pero esas palabras no sanaron nada.
"Te amo", dijo.
"No", respondí. "Amas la idea de no perderme".
Le entregué el contrato.
"Fírmalo".
El divorcio se finalizó un mes después.
Aprendí a caminar de nuevo. Lentamente, con dolor, pero sola.
Cuando regresé a México, ya no era la Sra. Montes. Era Sofía Rivera.
Abrí una pequeña galería en Roma Norte. Mi primera exposición se tituló "Mi propia firma".
La imagen principal mostraba a una mujer en una mesa de operaciones, quitándose el anillo de bodas bajo una luz blanca brillante.
Debajo del anillo real, dentro de una vitrina, escribí una sola frase:
«Retirado en el quirófano».
La joven me preguntó: «¿El hombre finalmente se dio la vuelta y la vio?».
«Sí», respondí. «Finalmente lo hizo».
«¿Lo ha perdonado?».
Miré el anillo.
«No tenía por qué hacerlo. Para entonces, ya había aprendido a caminar sola».
Porque mi final feliz no se trataba de que Alejandro finalmente me eligiera.
Me elegí a mí misma.
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