PARTE 1
—Viniste sola, pobre y con tu hija inútil… ¿de verdad pensaste que alguien quería verte aquí?
La voz de Renata atravesó el salón como si hubiera tomado el micrófono antes que el mariachi.
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Valeria Solís se quedó inmóvil en la entrada del jardín principal de la Hacienda San Gabriel, en Cuernavaca, con una mano apretando la de su hija Camila, de 8 años, y la otra sujetando una bolsa pequeña donde llevaba un regalo envuelto con papel dorado barato.