” ¿ Cómo te llamas?”
Dudó un instante, alzando la mirada hacia ella por primera vez.
— Elías.
Repitió su nombre en voz baja. Y fue como si en ese instante se abriera una ventana en su interior.
Los días comenzaron a transcurrir en el olvidado jardín del palacio. Allí, entre las rosas heladas, él le dijo:
“Estas flores crecen mejor cuando sufren. Cuando las raíces se aflojan, cuando la tierra se remueve… Parecen sufrir. Pero es precisamente así como renacen: más fuertes.”
Isabella escuchaba asombrada. Por primera vez, las palabras de alguien no la lastimaban, sino que la sanaban.
Trabajaban juntos entre la tierra y las plantas. Ella se arrodillaba en el barro, no como una princesa, sino como una persona. Él le enseñó a cortar, a esperar, y siempre respetó sus límites.
Un día, al mirarse en el espejo, no vio una figura más débil, sino otra, más llena de vida. Con ojos que ya no reflejaban tristeza.
Las criadas comenzaron a susurrar:
“Ella está sonriendo a su lado”.
“Ella está sentada con él en el jardín”.
Los rumores llegaron a oídos del rey. Lo que él había concebido como un castigo se estaba convirtiendo en una muestra de afecto.
El rey la llamó a la torre:
¿ Has olvidado quién eres? ¡Una princesa no se junta con gentuza! ¡Él es un esclavo, tú eres una vergüenza!
Pero ya era demasiado tarde.
El amor era más fuerte que su voluntad.
Cuando el rey decidió obligarla a casarse con un duque anciano, Isabel huyó. Bajó a las mazmorras y encontró a Elías encadenado. Apenas podía creerlo.
” ¿Viniste?”
“Quieren venderme como rehén. No se lo permitiré.”
“Entonces corremos. Juntos.”
Con la ayuda de una joven sirvienta, escaparon a través de los viejos túneles, al jardín, al bosque, a la libertad.