Parecía una madre que había obrado un milagro para llegar hasta allí.
Esa noche, celebraban el nombramiento de Diego Ferrer, su esposo, como nuevo director regional de Grupo Almar, una de las corporaciones más poderosas de México, con hoteles, constructoras, instituciones financieras y oficinas en ocho países.
Diego llevaba meses presumiendo de este ascenso.
Durante los desayunos familiares, las llamadas telefónicas y las reuniones, repetía lo mismo:
"Lo logré yo solo. Nadie me regaló nada".
Mariana nunca lo negó.
Aunque yo sabía perfectamente que no era cierto.
No había dormido desde las 4:30 de la mañana. Los niños, Leo y Mateo, lloraban de cólicos. La niñera había cancelado a última hora. Su suegra dijo que era "el deber de una madre".
Aun así, Mariana fue.
Pensó que Diego, al verla, se llevaría al menos a uno de los niños. Ella pensó que él diría: «Gracias por venir. Sé que estás cansada».
Pero cuando Diego la vio desde el centro de la habitación, su sonrisa se desvaneció.
No se acercó a ella como un esposo.
Avanzó a grandes zancadas, como si viniera a apagar un incendio.
«¿Qué haces aquí?», susurró, apretando la mandíbula.
Mariana parpadeó, confundida.
«Me invitaste. Dijiste que era importante para ti».
Diego miró a su alrededor con nerviosismo, como si fuera una mancha en la alfombra.
«Sí, pero no así, Mariana. Mírate. Pareces no haber pegado ojo, el vestido te queda raro y estás aquí con los niños como si fuera un bautizo».
Sintió el peso de los niños sobre sus hombros.
«Son tus hijos».
«No empieces», dijo él. «Hoy hay inversores, asesores y personas de alto rango aquí. No puedo presentarme con una esposa que parece recién salida de un supermercado».
Mariana no respondió.
Él solo la miró fijamente.
Este hombre, que le había prometido amor incondicional, estaba más interesado en la fotografía que en sus propios hijos.
Una rubia alta e impecablemente vestida se acercó con una copa en la mano.
«Diego, ¿estás bien?».
Su expresión cambió en un instante.
«Sí, claro. Solo un pequeño detalle, nada más».
Mariana se tomó esa frase como una bofetada.
Detalles domésticos.
Era ella.
Diego se inclinó hacia su oído.
«Sal por la entrada de servicio. Por la parte de atrás. Mi chófer te llevará a casa. No quiero que nadie te vea salir por el vestíbulo».
¿Me estás escondiendo?
«Estoy protegiendo mi imagen, en serio, no me lo pongas difícil».
Uno de los niños rompió a llorar.
Varios invitados se dieron la vuelta.
Diego sonrió, tomó a Mariana del codo y la empujó suavemente hacia el pasillo lateral.
«Vamos. No me arruines la noche».
Mariana deambuló entre los camareros, las cajas de vino y el personal de cocina. No lloró. Ni siquiera cuando se abrió la puerta trasera y el aire frío de la calle le dio en la cara.
El conductor abrió la furgoneta sin mirarla.
Mariana subió las escaleras con los dos niños en brazos.