El jefe de la mafia observaba a su hija enferma a través de las cámaras… hasta que la nueva enfermera cantó la nana secreta de su esposa fallecida.

El jefe de la mafia observaba a su hija enferma a través de las cámaras… hasta que la nueva enfermera cantó la nana secreta de su esposa fallecida.

Mariana corrió.

Sofía estaba convulsionando sobre la cama, con el rostro torcido y la respiración rota. Rafael llegó detrás, pálido de terror.

—¿Qué le pasa?

—Reacción al medicamento nuevo —dijo Mariana, firme—. Necesito el kit rojo del baño. Ahora.

Darío lo trajo. Mariana preparó una jeringa.

Rafael le sujetó la muñeca.

—¿Qué es eso?

—El medicamento que puede detener la convulsión antes de que le cause daño permanente. Confíe en mí o apártese.

Rafael la miró. Miró a su hija. Soltó la mano.

La convulsión cedió.

En el hospital, cuando el médico confirmó que Sofía estaba estable, Rafael se sentó junto a Mariana en una sala vacía.

—Ahora sí —dijo con la voz rota—. No me vuelvas a mentir.

Mariana miró al suelo.

—Yo era una niña de la calle en Oaxaca. Mi madre desaparecía por días. Una noche me enfermé de neumonía y me quedé tirada cerca de un mercado. Una mujer me encontró. Me llevó a una clínica privada. Pagó todo. Después me consiguió lugar con unas monjas. Volvía cada mes. Me enseñó canciones, recetas, oraciones. Me dijo que estudiar era una forma de devolverle luz al mundo.

Rafael dejó de respirar.

—¿Cómo se llamaba?

—Lucía —susurró Mariana—. Nunca me dijo su apellido. Lo supe años después, cuando vi su esquela en internet. Lucía Montemayor. Tu esposa. La mamá de Sofía.

Rafael se cubrió el rostro con ambas manos.

—Ella nunca me lo contó.

—Decía que algunas bondades debían protegerse del apellido que cargaba.

Mariana lloró en silencio.

—Cuando supe que Sofía estaba enferma, busqué la forma de entrar. Mis estudios son reales, mi experiencia también. Pero mis papeles no eran suficientes. Falsifiqué lo necesario para cruzar la puerta. Lo ilegal fueron los documentos. No mi amor por esa niña.

En ese momento apareció el doctor.

—Señor Montemayor, Sofía despertó. Está preguntando por los dos.

Sofía estaba débil, pero consciente. Tomó la mano de Rafael y luego la de Mariana.

—Mamá te mandó —susurró.

Mariana miró a Rafael, esperando rabia.

Pero él solo la observó con los ojos llenos de algo que no era sospecha.

—Tal vez sí —dijo él—. Tal vez Lucía encontró la manera de volver a esta casa.

Y ninguno de los dos sabía que Víctor Salgado ya había decidido arrancarla de ahí antes del amanecer.

PARTE 3