Sentiste que algo dentro de ti se congelaba con la nitidez.
– Encontré a Elena.
Nada pasó por la línea, pero respirando.
Entonces, finalmente: “Puedo explicar”.
Esa sentencia es el himno nacional de los hombres culpables.
– No -dijiste. – No puedes.
“No es lo que piensas”.
– Estabas casado.
El silencio de nuevo.
“Me mentiste durante ocho años”.
“Es complicado”.
Te reíste una vez. Salió hueco y furioso. – ¿Se murió, Miguel?
La respiración cambió.
– No lo entiendes.
“¿Ella murió?”
Bajó la voz. “Ana. Escúchame con mucho cuidado. Tienes que dejar de hablar con la policía hasta que llegue a casa”.
Ahí estaba.