Parte 5: Se hizo justicia
Mark gritó cuando lo sacaron de la silla de ruedas.
“¡Mi pierna! ¡Me estás lastimando la pierna!”
—Ya te acostumbrarás —murmuró el alguacil mientras lo levantaba.
Lo vi marcharse. La arrogancia había desaparecido. El dinero no pudo salvarlo. El traje caro no pudo protegerlo. Era solo un hombrecillo asustado que afrontaba las consecuencias de su propia crueldad.
Me puse de pie. Me crujieron las rodillas. Sentía el peso de cada año de mi vida, pero me sentía más ligero que en décadas.
Lily estaba esperando al fondo de la sala del tribunal. Llevaba gafas de sol para ocultar los moretones, pero sonreía.
Corrió hacia mí y escondió su rostro en mi pecho.
—Se acabó, papá —sollozó.
—Se acabó —dije, abrazándola con fuerza.
El juez Halloway bajó del estrado. Caminó hacia nosotros, con el crujido de su toga negra.
—John —asintió.
—Bill —dije—. Gracias.
—No me des las gracias —gruñó Bill—. Solo leí la ley. Pero, entre nosotros, si no le hubieras roto las rodillas, quizás lo habría hecho yo.
Salimos juntos del juzgado. El sol brillaba. La tormenta había terminado.
Mark fue a juicio seis meses después. Con las grabaciones de la cámara corporal, los informes médicos y el testimonio de Lily, el resultado fue fulminante. Le impusieron veinte años de cárcel. Saldrá siendo un anciano. Un anciano cojo y sin dinero, porque Lily lo demandó por todo lo que tenía en el acuerdo de divorcio.