Carmen se movió, su cuerpo retorciéndose con un dolor crudo. Mi corazón latía con fuerza, resonando con la angustia que me envolvía. Su mano temblorosa se aferró a su vientre, y un pequeño suspiro, una mezcla de agonía y desesperación, escapó de sus labios.
“Carmen, lo que sea que te haya pasado…” intenté decir, pero las palabras se atascaban en mi garganta.
Su rostro, pálido y arrasado por la tristeza, giró lentamente hacia mí. Desconcertado, noté la profundidad de sus ojos tensos; no culpables, no desesperados por ser atrapados, sino llenos de un dolor agudo y expectante.
“Javier,” su voz temblaba, “no llames a tu madre.”
Las palabras me dejaron helado. “¿Qué?”
Las lágrimas surcaban sus mejillas. “Ella estuvo aquí.”
El tiempo se detuvo. Todo lo que creía conocer se desmoronó. “¿Ella? ¿Qué ha pasado?”
“Dijo… dijo que el bebé arruinaría todo.” Las palabras fueron un golpe físico. De repente, mi mirada se centró en su muñeca, moretones que marcaban su piel como evidencias de una lucha. Un corte profundo en su palma, y los cristales esparcidos que contaban una historia de caos y dolor.
“Carmen, ¿quién hizo esto?” clamé, y mi voz retumbó en la habitación vacía, pero ya no quedaban respuestas.
Con el rostro contraído por temores profundos, ella tomó un respiro, y con una voz baja, casi un susurro, me reveló lo que jamás quise escuchar. “Tu madre trajo al médico.”
