PARTE 2: El lobby entero se quedó en silencio, pero no de respeto: de miedo.
El hombre del suéter roto, la bolsa de latas y los zapatos desgastados era Ernesto Salvatierra, fundador del grupo empresarial más poderoso de la ciudad. Su nombre estaba en hospitales privados, constructoras, hoteles, centros comerciales y hasta en la torre donde yo acababa de arruinar mi entrevista.
Valeria intentó sonreír.
—Don Ernesto, yo no sabía que era usted. Pensé que…
—Pensaste que si era pobre podías humillarlo —la interrumpió él.
Nadie respiraba.
Yo quería desaparecer. No sabía si pedir disculpas, salir corriendo o llamar al hospital para decir que había hecho lo único correcto en el peor momento posible.
Don Ernesto me miró.
—¿Cómo te llamas?
—Mariana Ortega.
—¿Por qué venías?
—A una entrevista —contesté—. Pero entiendo si ya no…
—La entrevista terminó —dijo.
Sentí que se me rompía algo por dentro.
Pero él agregó:
—Y la pasaste.