—Señor, con todo respeto, ella no tiene perfil para—
—Tú ya hablaste demasiado, Valeria.
Me llevaron a una sala de juntas en el piso treinta y siete. Desde ahí se veía la ciudad gris, hermosa y brutal. Don Ernesto pidió café, pero no tomó ni un sorbo. Me hizo tres preguntas: por qué necesitaba el trabajo, qué sabía hacer y qué era lo único que no estaba dispuesta a vender.
La última me dejó helada.
—Mi dignidad —respondí—. Aunque a veces la pobreza intente comprártela barata.
Él sonrió apenas.
Luego pidió que llamaran a su nieto.
Santiago Salvatierra entró diez minutos después. Alto, impecable, frío. Tenía esa belleza de los hombres que nunca han tenido que pedir permiso para existir. Cuando vio a su abuelo conmigo, frunció el ceño.
—¿Otra prueba? —preguntó.
—No —dijo Don Ernesto—. Una solución.
Santiago me miró como si yo fuera un problema sobre la mesa.
Entonces el viejo soltó la frase que partió mi vida en dos:
—Vas a casarte con ella.
Me puse de pie.
—¿Qué?
Santiago soltó una risa sin humor.
—Abuelo, ya basta.
—Si no aceptas, dejo la presidencia y mis acciones a tu primo Bruno.
El nombre de Bruno cambió el aire. Santiago apretó la mandíbula. Yo no entendía nada, pero sí entendí una cosa: ahí había una guerra familiar vieja, sucia y llena de dinero.
—No soy mercancía —dije, temblando.
Don Ernesto me miró sin dureza.
—No. Pero necesitas salvar a alguien. Y él necesita salvarse de sí mismo.
Me ofreció un contrato: matrimonio civil por un año, discreto, sin obligación sentimental. A cambio, cubriría la cirugía de mi abuela y me daría un puesto real en la empresa.
Debí negarme.
Pero esa noche, cuando llegué al hospital y vi a mi abuela dormida, conectada a cables, con la mano fría entre la mía, entendí que hay decisiones que no se toman con orgullo, sino con dolor.
Al día siguiente firmé.
Santiago ni siquiera me miró al poner su nombre junto al mío.
—No te confundas —me dijo en voz baja—. Esto no te hace parte de mi familia.
—No quiero tu familia —respondí—. Quiero que la mía sobreviva.
Creí que lo peor había pasado.
Pero a la mañana siguiente me presenté a mi nuevo trabajo y descubrí que mi esposo era mi jefe directo.
Y que Valeria Montes seguía allí, sonriendo como si ya supiera cómo destruirme antes de que yo pudiera defenderme.