PARTE 2: Lucía caminó hacia Tomás sin apartar la mirada de él. Cuando bajó el pequeño escalón del patio, Tomás le ofreció la mano. Ella se la tomó con una confianza tranquila, como quien no teme ser avergonzada en público, ni cambiada por una promesa más brillante.
Mateo sintió que algo se le quebraba por dentro.
Recordó a Lucía en un departamento diminuto de Portales, sentada en la orilla de la cama, cosiéndole un botón a su camisa blanca antes de su primera entrevista importante. Recordó sus manos temblando de emoción cuando él recibió su primer bono. Recordó cómo ella lloró de orgullo como si el triunfo fuera de ambos.
Y también recordó cómo la dejó.
Sin lágrimas. Sin compasión. Sin valor.
—David no existe aquí —murmuró su viejo amigo, apareciendo a su lado.
Mateo volteó confundido.
—¿Qué?
—Perdón, quise decir… el hombre que eras antes tampoco. Aquí nadie vino a competir contigo.
Mateo tragó saliva.
—Yo solo vine a saludar.
Su amigo lo miró con tristeza.
—No mientas. Ni siquiera sabes hacerlo cuando estás roto.
La ceremonia comenzó. Un juez del registro civil habló de respeto, compañía y decisiones cotidianas. Mateo no escuchaba todo. Su atención estaba en las manos de Tomás: manos grandes, marcadas por cemento, varilla y trabajo duro. Esas manos habían abierto la puerta de su coche aplastado cuando él apenas podía respirar.
Aquella noche, Mateo había salido furioso de una cena con Renata. Ella había dicho, frente a 3 amigas:
—Mateo presume mucho, pero no se confundan. Mi papá lo fabricó.