Con 2 niños hambrientos, 2 maletas rotas y solo 38 pesos en la bolsa, estaba atrapada en una carretera desierta cuando un sedán negro se detuvo frente a mí. Pensé que aquel multimillonario me ofrecería trabajo. Pero sus primeras palabras me dejaron helada: “Puedo salvar a sus hijos… si hoy acepta ser mi esposa.”

Con 2 niños hambrientos, 2 maletas rotas y solo 38 pesos en la bolsa, estaba atrapada en una carretera desierta cuando un sedán negro se detuvo frente a mí. Pensé que aquel multimillonario me ofrecería trabajo. Pero sus primeras palabras me dejaron helada: “Puedo salvar a sus hijos… si hoy acepta ser mi esposa.”
PARTE 2: Santiago entró primero al sedán, jalando la mochila contra el pecho. Valeria subió después, tan cansada que ni siquiera preguntó por qué su madre tenía la cara blanca.
Mariana alcanzó a mirar otra vez la camioneta blanca.
Los 2 hombres seguían allí.
Uno hablaba por teléfono. El otro la señalaba. —¿Los conoce? —preguntó Alejandro, sin quitarles la vista.
Mariana sintió que la sangre se le helaba. —No.
Pero era mentira.
No conocía sus caras, pero sí conocía ese tipo de mirada. La había visto en los cobradores que su exmarido mandó a buscarla cuando ella decidió huir de Nogales con sus hijos.
Alejandro cerró la puerta trasera. —Entonces vámonos.
El coche arrancó con suavidad, pero rápido. La camioneta intentó seguirlos durante varios kilómetros. Luego un vehículo de seguridad apareció detrás de ellos y se colocó entre ambos.
Mariana miró a Alejandro. —¿Usted siempre viaja con escoltas?
—Desde que mi hermano decidió que valgo más muerto que vivo.
Ella abrazó a Valeria, que ya se había dormido con un paquete de galletas en la mano.
Santiago no dormía. Miraba todo con los ojos abiertos. —¿Mi hermana va a comer hoy? —preguntó.
Alejandro lo vio por el espejo. —Hoy, mañana y todos los días.