Rojo.
Otra vez.
Rojo.
La pequeña Valentina se removió dentro de la cobijita rosa. Mariana apretó los labios para no soltar un gemido de dolor. El taxi ya se había ido. Eran casi las 8 de la noche, el viento olía a lluvia pesada y las ventanas del segundo piso brillaban con esa luz cálida que ella había imaginado para recibir a su hija.
Solo que ahora no podía entrar.
Llamó a Diego.
Una vez.
Dos veces.
A la tercera, él contestó.
De fondo se escuchaban risas, música de playa y la voz escandalosa de su hermana Karla.
—Diego —dijo Mariana, apenas pudiendo respirar—. El código no funciona.
Hubo un silencio corto. Luego él soltó un suspiro molesto.
—Sí funciona. Solo que ya no es el mismo.
Mariana miró el teclado mojado.
—¿Cambiaste la clave mientras estaba en el hospital?
La risa de doña Teresa, su suegra, se escuchó detrás del teléfono.
—¿Ya llegó la reina del drama?
Diego bajó la voz, pero no lo suficiente.
—Mariana, mi mamá y yo pensamos que necesitas límites. Desde que nació la niña estás demasiado sensible y te estás comportando como si todo girara alrededor de ti.
Mariana sintió que algo frío le subía por la espalda.
—Acabo de salir del hospital con tu hija recién nacida.
—Precisamente. Deberías aprender a ser más tranquila.
—Estoy afuera. Está lloviendo. Valentina tiene 3 días.
—Entonces ve con tu mamá.
Mariana cerró los ojos. Su madre vivía en Puebla y acababa de operarse de la cadera.
—¿Dónde estás?
Del otro lado alguien gritó:
—¡Dile que no arruine las vacaciones!
Mariana abrió los ojos.
—¿Vacaciones?
Diego no contestó enseguida.
Luego dijo, con una calma cruel:
—Estamos en Cancún. Mi mamá necesitaba descansar de todo tu ambiente pesado. Vinimos 10 días. Cuando regrese hablamos de cómo vas a comportarte en mi casa.
Mariana miró la fachada. El balcón donde había puesto bugambilias. La ventana del cuarto de Valentina. La puerta de madera que ella eligió en una carpintería de Tlalpan.
—No es tu casa, Diego.
Él se rio.
—Mariana, acabas de tener una bebé. No estás pensando bien.
Doña Teresa tomó el teléfono.
—Mija, una mujer que no sabe obedecer no merece llaves. Aprende humildad. Si quieres volver, pídele perdón a mi hijo.
Mariana no lloró.
Algo se rompió dentro de ella, sí, pero no fue su dignidad. Fue la última cuerda que todavía la ataba a esa familia.
Diego volvió a hablar.
—No hagas show. Busca dónde dormir. Y no empieces con tus amenazas de abogada, porque esta vez no te van a servir.
Mariana bajó la mirada hacia Valentina, que dormía sin saber que su propio padre acababa de dejarla en la calle.
—Gracias por aclararme todo —dijo Mariana.
—¿Qué?
Ella colgó.
Por unos segundos solo escuchó la lluvia golpeando el piso.
Luego sacó otro contacto.
—Lucía —dijo, cuando su asistente contestó—. Necesito que entres al archivo de la casa de San Jerónimo. Escritura, predial, capitulaciones matrimoniales, todo.
—¿Pasó algo? —preguntó Lucía, alarmada.
Mariana miró la puerta cerrada.
—Sí. Diego cambió la clave y se fue a Cancún con su familia.
Lucía guardó silencio.
—Mariana…
—También llama a Raúl Salgado. Pregúntale si el grupo médico que quería comprar la propiedad sigue interesado.
—¿Vas a vender la casa?
Mariana acomodó a su bebé contra el pecho y, por primera vez en toda la noche, su voz salió firme.
—No voy a vender una casa. Voy a quitarles el castillo que creyeron suyo.
Esa misma noche, mientras Diego brindaba frente al mar y doña Teresa subía fotos usando las joyas de Mariana, ella pidió un taxi, se fue a un hotel seguro en Santa Fe y abrió su computadora con una mano mientras sostenía a su hija con la otra.
A las 11:47, recibió un mensaje de Karla en el chat familiar.
“Dice mi mamá que si aprendes a respetar, tal vez te dejen entrar cuando volvamos.”
Mariana leyó la frase 2 veces.
Después sonrió apenas.
Porque ninguno de ellos sabía que, al cerrar esa puerta, habían abierto la única salida que Mariana necesitaba.
Y lo que iba a ocurrir cuando regresaran de Cancún no se parecía a nada que esa familia pudiera imaginar.
PARTE 2
A la mañana siguiente, Mariana despertó con fiebre baja, dolor en todo el cuerpo y Valentina dormida en una cuna prestada por el hotel.
No había dormido más de 40 minutos seguidos, pero cuando Lucía le mandó los documentos, sus manos dejaron de temblar.
La escritura estaba clara.
Mariana Robles Aguilar.
Propietaria única.
Comprada 2 años antes de casarse.
Pagada con recursos propios.
Régimen de separación de bienes.