Luna se abrazó a su madre.
—¿Damián va a venir?
Teresa le besó la frente.
—Sí.
—Él prometió que siempre regresaba.
—Entonces va a regresar.
En otra parte de la ciudad, Damián recibió la llamada antes de terminar el café.
Chuy entró corriendo.
—Jefe. Atacaron la casa. La señora y la niña están en el cuarto seguro.
Por primera vez en años, Damián sintió miedo.
No miedo por morir.
Eso ya no le importaba tanto.
Miedo de que Luna estuviera bajo su cocina preguntando si él volvería.
—Maneja —ordenó.
Cuando llegó, sus hombres ya habían detenido a 3 atacantes. Uno intentó escapar por el jardín sur.
Damián lo alcanzó.
El hombre cayó de rodillas al ver a un muerto caminando hacia él.
—¿Quién te mandó?
—Nadie.
Damián se inclinó.
—Hay una niña escondida debajo de mi casa. Te recomiendo no mentir.
El hombre tragó saliva.
—Beltrán. Quería a la niña viva si se podía. Muerta si no.
Damián se quedó inmóvil.
La ciudad lo conocía como El Lobo de Hierro porque pensaba que no tenía corazón.
Nadie había visto lo que pasaba cuando ese corazón escogía a quién proteger.
Esa misma tarde, Ernesto Arroyo fue detenido al salir del Hospital San Gabriel. Despertó en una sala blanca. No había golpes. No había sangre. Solo una mesa, una botella de agua y Damián sentado frente a él.
Una grabadora estaba encendida.
—Empieza con mi padre —dijo Damián.
Arroyo parecía haber envejecido 20 años en una noche.
—Tenía deudas —susurró—. Beltrán me las compró. Me dijo que si ayudaba a sacar pacientes del camino, todo quedaba limpio.
—¿Sacar pacientes?
—Así lo llamaba él.
—¿Cuántos antes de mi padre?
Arroyo lloró.
—4.
Damián no se movió.
—Aurelio se negó a permitir tráfico de mujeres y niños por sus rutas —continuó Arroyo—. Dijo que iría con la Fiscalía. Beltrán me pagó 5 millones. Cambié sus medicinas. En 7 días colapsó.
La confesión duró 52 minutos.
Arroyo dio nombres, cuentas, laboratorios clandestinos, políticos comprados y la lista de personas que murieron como supuestas fallas cardiacas.
Damián entregó todo a la fiscal Elena Cárdenas, una mujer que llevaba años intentando hundir a Beltrán sin una prueba limpia.
Se reunieron de madrugada en una cafetería de carretera rumbo a Toluca.
Elena escuchó la grabación con la mandíbula tensa.
—Con esto cae Beltrán —dijo—. Pero también te puede hundir a ti, Mendoza.
Damián dejó otra carpeta sobre la mesa.
—Por eso vine. Voy a cerrar todo lo ilegal. Juegos, cobros, rutas sucias. Quiero convertir mi estructura en empresas limpias: transporte, hoteles, bienes raíces y una fundación.
Elena lo miró con desconfianza.
—¿El Lobo de Hierro encontró conciencia?
Damián pensó en Luna diciéndole que todos tenían alguien esperando en casa.
—No —respondió—. Encontré una razón.
Los operativos comenzaron antes del amanecer.
Rogelio Beltrán fue arrestado en una mansión de Cuernavaca, escondido detrás de una cava falsa. Ernesto Arroyo se declaró culpable y cooperó. En los meses siguientes, salieron a la luz 19 muertes disfrazadas de infartos: empresarios, funcionarios, líderes de transporte y 2 médicos que habían querido hablar.
El juicio se volvió noticia nacional.
Las familias de las víctimas llenaron las primeras filas. Viudas, hijos, madres. Personas que durante años habían llevado flores a tumbas creyendo que la muerte había sido natural.
Damián se sentó en la séptima fila.
Ya no vestía de negro.
Teresa estaba a su lado, con la mano sobre la suya.
Luna no fue al tribunal. Damián dijo que una niña no tenía que mirar a todos los monstruos que había ayudado a descubrir.
Cuando le tocó hablar, Damián subió al estrado sin papeles.
Miró a Beltrán.
—Mi padre no era un santo. Yo tampoco. Pero mi padre tenía una línea que no cruzaba: mujeres y niños no se tocaban. Usted lo mató por eso.
La sala quedó en silencio.
—Durante 8 años creí que heredé un imperio porque su corazón falló. Me equivoqué. Heredé una advertencia que no escuché. Y esa advertencia volvió a mí en la voz de una niña de 7 años, detrás de un hospital, con los zapatos rotos y más valor que todos los hombres que usted compró.
Beltrán bajó la mirada.
—Usted intentó matar a mi padre. Intentó matarme a mí. Y luego quiso alcanzar a una niña. Ese fue su error más grande, porque le mostró al país entero lo que realmente era.
Beltrán recibió cadena perpetua por múltiples cargos. Arroyo también.