Una niña pobre hurgaba en la basura de un hospital cuando escuchó el secreto más oscuro: el médico que iba a matar al jefe de la mafia era el mismo que había asesinado a su padre.

Una niña pobre hurgaba en la basura de un hospital cuando escuchó el secreto más oscuro: el médico que iba a matar al jefe de la mafia era el mismo que había asesinado a su padre.

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PARTE 2: La casa de Damián Mendoza estaba en una zona privada de Santa Fe, detrás de muros altos, cámaras y portones de acero. Teresa bajó de la camioneta sintiéndose fuera de lugar. Su suéter olía a humedad, sus zapatos estaban gastados y su hija llevaba las rodillas raspadas.
Adentro todo brillaba.
Mármol. Vidrios altos. Cuadros enormes. Silencio caro.
Un mayordomo llamado Don Julián les ofreció agua, pan dulce y una cobija para Luna. La niña, en lugar de asustarse, miró todo con ojos enormes.
—Mamá, esta casa parece museo.
Damián escuchó desde la puerta.
Hacía años que nadie decía algo inocente dentro de esa casa.
La doctora Valeria Ríos llegó 40 minutos después. Era toxicóloga, seria, directa, y no hacía preguntas innecesarias. Damián le entregó las pastillas que el hospital le había enviado la noche anterior.
—Analiza todo.
—¿Sospecha algo?
Damián miró a Luna, que estaba comiendo con cuidado una concha, como si temiera que alguien se la quitara.
—Sospecho que una niña me acaba de salvar la vida.
Mientras esperaban, Don Julián sirvió caldo de pollo, arroz, tortillas calientes y fresas. Luna comió despacio. Teresa apenas probó bocado. Tosía en una servilleta, ocultando el cansancio.
Damián lo notó.
Estaba acostumbrado a reconocer amenazas. No estaba acostumbrado a reconocer hambre.
—¿Cuántos años tienes? —preguntó a Luna.
—7. Pero casi 8.
—Fuiste valiente.
Luna bajó la mirada.
—Mi mamá dice que si ves que alguien se va a lastimar, tienes que avisar. Aunque dé miedo.
—¿Aunque sea alguien como yo?
Luna lo pensó.
—Todos tienen alguien que quiere que regresen a casa.
La frase golpeó a Damián donde nada lo golpeaba desde hacía años.
Entonces entró la doctora Valeria.
Su rostro lo decía todo.
—No eran sus medicamentos —dijo en voz baja—. Es digitalina concentrada con otro compuesto que altera el ritmo cardiaco. Si se los tomaba, moría en 3 a 7 días. Parecería natural.
Damián cerró los ojos.
Recordó a su padre en la cama del hospital. Aurelio apretándole la muñeca, sudando, diciendo con voz rota:
—Damián… Arroyo… no confíes…
Él creyó que era delirio.
Creyó que su padre moría confundido.
Y durante 8 años siguió sentándose frente al mismo médico que lo había asesinado.
Esa noche, Damián salió al balcón. Chuy llegó con una carpeta.
—Revisé los expedientes de tu papá. Todos los cambios de dosis los firmó Ernesto Arroyo.
—¿Y detrás de él?
—Hay pagos desde empresas fantasma. Una lleva a Puerto Altamar. Otra a un nombre que no te va a gustar.
Damián abrió la carpeta.
Rogelio Beltrán.