Eso era todo lo que Rodrigo necesitaba.
—¿Y qué tengo que hacer?
Alejandro respiró hondo.
—Puedes quedarte conmigo unos días.
Valeria lo miró fijamente.
—¿Perdón?
—Hasta que lo aclaremos.
Ella negó con la cabeza de inmediato.
—No. No puedo aceptarlo. Ni siquiera te conozco.
Alejandro sonrió levemente.
—Hace tres horas, tampoco conocías al hombre en cuyo hombro dormiste durante dos horas.
Por primera vez desde el divorcio, Valeria rió.
Solo un poco.
Pero rió.
—Eso fue diferente.
—¿Por qué?
—Porque no sabía que eras multimillonario entonces.
—¿Y qué cambió?
Valeria no tuvo respuesta.
Alejandro continuó con suavidad.
—No te ofrezco esto porque seas hermosa. Ni solo porque tengas un hijo. Te lo ofrezco porque hace años alguien hizo lo mismo por mí.
Ella lo miró con silenciosa curiosidad.
—¿Qué pasó?
Él volvió a mirar la carretera.
—Mi esposa murió hace doce años.
Valeria contuvo la respiración un instante.
—Nosotros también teníamos un hijo.
Su voz se fue apagando.
—El niño no sobrevivió.
El silencio se apoderó de la camioneta.
Ahora Valeria comprendía la tristeza en sus ojos.
Agotamiento.
La forma en que miraba a Sofía, con una mezcla de ternura y dolor.
Alejandro nunca había superado del todo esta pérdida.
Una hora después, cruzaron las enormes puertas de la mansión en Bosques de las Lomas.
Valeria se quedó paralizada.
Aquella no era una casa cualquiera.
Parecía un complejo turístico privado.
Jardines perfectos.
Fuentes iluminadas.
Árboles de aspecto imponente.
Altos ventanales iluminados por la noche.
Pero lo que más la impactó no fue el lujo.
Fue el silencio.
No había música a todo volumen.
Ni fiestas.
Ni excesos.
Solo paz.
Al bajar de la camioneta, una anciana salió apresuradamente de la casa.
Parte 3:
—¡Señor Alejandro!
—Buenas noches, Clara.
La mujer miró a Valeria, luego a Sofía.
Su expresión se suavizó de inmediato.
—No lo he visto sonreír así en años…
Alejandro se aclaró la garganta, avergonzado.
—Clara, por favor, prepárales una habitación.
La mujer sonrió cálidamente.
—Con mucho gusto.
Esa noche, mientras Valeria bañaba a Sofía, oyó voces que venían de la oficina de Alejandro.
La puerta no estaba completamente cerrada. No tenía intención de escuchar.
Pero las palabras la alcanzaron de todos modos.
"Señor, hemos iniciado una investigación sobre Rodrigo Salinas."
"¿Y?"
"Tiene deudas que superan los ochenta millones de pesos."
Alejandro no dijo nada.
"También encontramos varios informes de fraude."
"Por favor, continúe."
"Hay algo más..."
El jefe de seguridad dejó el maletín sobre el escritorio.
"Creemos que el divorcio de la señorita Valeria se planeó hace más de un año."
Alejandro levantó la vista.
"Explíqueme."
"Rodrigo creó empresas fantasma. Transfirió propiedades. Ocultó dinero. Y parece que trabajó con varios abogados para dejarla prácticamente sin nada."
Alejandro abrió lentamente el maletín.
Al pasar las páginas, su expresión se volvió cada vez más fría.
Entonces se detuvo en una foto.
Mostraba a Valeria firmando documentos.
Sonriendo.
Completamente ajena a que los papeles que tenía delante estaban reduciendo su fortuna. Alejandro cerró el maletín con un golpe seco.
—Simplemente no la traicionó.
—No, señor.
—La robó.
—Exacto. Y sospechamos que hay algo peor detrás de todo esto.
A la mañana siguiente, Valeria se despertó sobresaltada.
Escuchó algo afuera.
Con cuidado de no despertar a Sofía, se levantó de la cama y se acercó a la ventana.
Entonces se quedó sin aliento.
Una camioneta gris estaba estacionada frente a la puerta principal.
La misma que conducía Rodrigo.
Las luces estaban apagadas.
Pero alguien dentro vigilaba la casa.
En ese momento, sonó su teléfono.
Un número desconocido.
Con dedos temblorosos, contestó.
La voz al otro lado de la línea era la que había jurado no volver a oír jamás.
—Buenos días, Valeria.
Se quedó paralizada.
"Rodrigo..."
Rió suavemente.
"Sé dónde estás."
Valeria miró hacia el camión.
Casi le flaquearon las rodillas.
"No puedes esconderte detrás de ese hombre de negocios para siempre."
Intentó colgar.
Pero Rodrigo volvió a hablar.
Y sus últimas palabras la helaron la sangre.
"Mañana iré por mi hija... y por algo que Alejandro Montenegro aún desconoce."
La llamada terminó.
Valeria se quedó inmóvil.
No entendía lo que quería decir.
Pero Alejandro, al otro lado del pasillo, lo había oído todo.
Y por primera vez en años, se dio cuenta de que el encuentro en el avión no había sido una simple coincidencia.
Alguien había estado moviendo piezas en un juego mucho más grande durante meses.
Ahora él y Valeria estaban envueltos en una conspiración que involucraba millones de pesos, traición familiar y un secreto lo suficientemente poderoso como para destruir a más de una de las familias más influyentes de México.
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