
Una noche, Thomas pronunció unas palabras de las que jamás podría retractarse: quería una prueba de paternidad. No una discusión, ni una vacilación. Una prueba, o el fin de la relación.
Claire no gritó. No lloró. Simplemente asimiló, en silencio, aquel cuestionamiento de todo lo que habían construido. Cuando añadió que se marcharía si el niño no era suyo, algo se rompió para siempre.
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