Tras buscar desesperadamente a su esposa desaparecida durante casi un año, un acaudalado millonario entró en un hotel de lujo y la encontró embarazada de nueve meses, fregando el suelo. Su alivio se convirtió en horror absoluto cuando ella rompió a llorar y reveló la siniestra traición de su propia madre.

Una tarde lluviosa de aquel otoño, Alana entró en la habitación del bebé y encontró a Harrison sentado en el suelo, abrazando con fuerza a su hijo dormido mientras le susurraba una disculpa por los meses en que no había podido protegerlos. Permaneció un buen rato en el umbral, observando cómo los hombros de su marido se movían, y sintió cómo la última amarga tensión comenzaba a disiparse en su propio corazón. No era una reconciliación total, pero al entrar en la habitación para acomodar la manta del bebé, le dijo que podía quedarse, no como un salvador ni un benefactor adinerado, sino como un padre que por fin estaba aprendiendo a creer en las personas que decía amar.