—Joven —respondió con calma, sacando una tarjeta negra del bolsillo—, dije que quería consultar mi saldo. No le pedía consejo sobre dónde gestionar mis finanzas.
No suplicó. No alzó la voz. Simplemente habló y esperó.
Charles examinó la tarjeta con desprecio manifiesto. Las esquinas estaban dobladas. Los números borrosos. Parecía falsa: de mal gusto, sin valor.
Resopló con desdén. —Janet —gritó a su asistente en el vestíbulo—, otra más intentando hacerse la lista con una tarjeta falsa.
Los elegantes clientes que estaban cerca rieron entre dientes. Algunos se taparon la boca, fingiendo compostura.
Margaret permaneció inmóvil. Con calma. Cualquiera que la mirara habría visto la determinación en sus ojos, una determinación forjada a lo largo de décadas de perseverancia.
Janet se acercó y susurró: —Señor, podemos revisar el sistema. Solo tardaremos un momento.
—No —espetó Charles—. No voy a perder el tiempo con tonterías.
Le hizo un gesto con la mano.
Entonces algo cambió.
Margaret sonrió.
No nerviosamente. Ni avergonzada. Era una sonrisa llena de nostalgia, de esas que hacen que la gente se detenga un instante, sin saber por qué.
Por un momento, Charles sintió una opresión en el pecho. Una advertencia. Cuidado. La ignoró.
Dos guardias se acercaron, visiblemente avergonzados.