Síntomas nocturnos que indican niveles altos de azúcar en sangre (1/2)

Un hombre se sentó a su lado, tan cerca que sus rodillas casi se tocaban. Su mano descansaba suavemente sobre la de ella, y ella rió en voz baja, inclinándose hacia adelante como si el resto del restaurante no existiera. No fue una risa estridente ni teatral. Fue peor: se sentía familiar. Cómoda.

Mi reacción fue inmediata e intensa. ¿Cómo pudo?

Su esposo, Mark, era el tipo de vecino que todos desean pero que rara vez encuentran: el hombre que quita la nieve de las aceras, repara las cercas sin que se lo pidan, recuerda los cumpleaños y se preocupa cuando alguien está enfermo. Ver a su esposa con otro hombre me pareció una traición, aunque no fuera mía.

La rabia me invadió. Para cuando pagué la cuenta y salí a la fría noche, ya había tomado una decisión: Mark merecía saberlo. Se lo diría.

Durante días, reviví la escena. Repetí mis palabras, imaginándome tranquila y compasiva, una mensajera reacia que portaba una dura verdad. Me dije a mí misma que no era chisme, sino protección. Esta creencia hizo que la incomodidad fuera más llevadera.

Pero antes de enfrentarme a Mark, la vi.

Era temprano por la mañana en una cafetería tranquila, con la lluvia golpeando las ventanas. Estaba en la barra cuando Sarah entró. De cerca, se veía diferente: más delgada, pálida, con los ojos más oscuros de lo que cualquier maquillaje podría ocultar. Cuando nuestras miradas se cruzaron, supe al instante que mis suposiciones me habían traicionado.

Dudó un momento, luego se inclinó hacia mí.

"Sé que me viste la semana pasada", dijo en voz baja.