Algunos hacían ejercicio; otros hablaban en voz baja, quejándose de cansancio. Algunos comían en silencio, deseosos de retomar su rutina habitual.
En el rincón más alejado, junto a la ventana, estaba sentado un anciano. Parecía tener unos sesenta y cinco años. Vestía una sencilla camiseta oscura, vaqueros y una gorra vieja y desgastada. Comía despacio y con calma, como si nada de lo que ocurría a su alrededor le preocupara.
La mayoría de los soldados no tenían ni idea de quién era. Algunos pensaban que era uno de los empleados civiles de la base; otros imaginaban que había venido por asuntos personales. Nadie le prestaba mucha atención.
Hasta entonces.