Se la consideró no apta para el matrimonio.

Mi padre reflexionó durante dos meses. Dos meses en los que Josiah y yo vivimos en una angustiosa incertidumbre, a la espera de su decisión. Continuamos con nuestras rutinas: trabajar en la herrería, leer, conversar, pero todo parecía temporal, supeditado a la solución que mi padre tuviera en mente.

A finales de febrero de 1857, nos llamó a ambos a su estudio.

—Ya tomé mi decisión —dijo sin preámbulos. Estábamos sentados uno frente al otro, yo en mi silla de ruedas y Josiah en una de las dos sillas, ambos tomados de la mano a pesar de lo inapropiado de la situación.