Cogí las llaves.
Mi bolso.
Mi dignidad.
Mientras salía, su voz resonó desesperadamente desde el baño:
“¿Adónde vas?!”
Sonreí.
“A una reunión”, respondí.
Hice una pausa lo suficientemente larga.
“De las importantes… ya sabes”.
Y me fui.
Pero ahí no terminó todo.
Dos horas después, llegué a casa, riendo, oliendo a cerveza y a libertad.
Él estaba sentado en el sofá.
Pálido. Agotado. Derrotado.
Con el teléfono en la mano.
“¿Te lo pasaste bien?”, preguntó secamente.
“Muchísimo”, dije, dejando mi bolso.
Miró el teléfono.
“Carolina me mandó un mensaje”.
Me quedé en silencio.
“Cancelé”.
Eso me sorprendió.
“¿Ah, sí?”
Se pasó la mano por la cara.
“Porque hoy me di cuenta de algo”.
Esperé.
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